La última vez que Steve Jobs se marchó de la dirección de Apple, en 1985, la compañía atravesaba una crisis de identidad e ingresos. Al visionario Jobs incluso se le reprochaba ser incapaz de adaptarse al crecimiento de la empresa y a los cambios del sector.
En la siguiente década Apple se quedó congelada en el tiempo, pero ya había perdido empuje en los últimos años cuando aún estaba al mando Jobs, con plena responsabilidad, acostumbrado a salir airado de las reuniones y a tomar las decisiones por su cuenta sin consultar.
Ahora deja la empresa hasta con un récord bursátil: es la mayor en capitalización del mundo, con 339.000 millones, más que Exxon, la energética que tenía el liderazgo hasta ahora, y casi cinco veces más que Telefónica.
Los planes para los productos de los próximos dos años están terminados. A la espera del iPhone 5, que saldrá a la venta en octubre, Apple ya ha firmado nuevos contratos con telefónicas para asegurarse el futuro más inmediato. Y aún puede vivir de las rentas porque sus iPad y iPhones tienen un amplio mercado por conquistar. Ya ha conseguido que el modelo de la tableta sea la nueva manera de trabajar y que alguno de sus competidores hasta se planteen dejar de producir PCs.
Apple se puede permitir vivir de lo cosechado durante años. Si bien necesitará un nuevo impulso cuando la curva de asimilación de sus productos estrella empiece a declinar.
Ahora los ejecutivos intentarán quitarle importancia a la pérdida. También lo hacían sus colegas en 1985, aunque fuera en circunstancias de enfrentamiento personal y profesional muy distintas de las actuales. Entonces Jobs se iba de su empresa hasta con amenazas de querellas y después de haber fichado a unos cuantos empleados brillantes. El vicepresidente, William Campbell, decía entonces que Jobs era sustituible: “Hemos estado sin Steve Jobs la mayor parte de los últimos cuatro meses…Desde entonces nos ha ido bien”.
La alianza del éxito
Pero Jobs le dio a Apple la visión de futuro que la ha hecho pionera y líder en los nuevos sectores. Una capacidad especial que no supo desarrollar igual de bien en otras empresas por su cuenta y que floreció la pasada década tras su regreso a la compañía en 1996.
"Es capaz de ver un poco más allá del horizonte cuando otra gente no ve más allá de sus narices", escribía Michael Moritz, autor de una historia de Apple, cuando ni siquiera se planeaba la línea de productos que cambiaría para siempre el sector. El iPod entró tímidamente en el mercado, pero abrió el camino para los demás. En octubre de 2001, aún era grueso y algo tosco y sólo podía almacenar 1.000 canciones, pero Jobs vio su potencial.
Aquel otoño de 2001 los supuestos expertos aseguraban que no habría mercado suficiente para el iPod, pero Apple defendía que colmaría sus expectativas esas mismas Navidades. En abril de 2007, se vendió el iPod número cien millones. Así que cuando Apple presentó el iPhone, en 2007, pocas voces se atrevieron a discutir su revolución.
El teléfono apenas tiene el 4% del mercado mundial, pero ha logrado más del 50% de sus ingresos. Y ya es el número uno de los móviles con navegación de Internet y otras funciones, por encima de Nokia, el líder tradicional. Apple está encaminada para, al menos, los próximos dos años. A partir de entonces, su destino empezará a depender de verdad del sucesor de Jobs o del sucesor del sucesor.